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| Confuso futuro para el SIES
Viernes 23 de agosto de 2002 |
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La decisión de las universidades de Chile y de Santiago de continuar utilizando la Prueba de Aptitud Académica (PAA) como instrumento de selección para el ingreso a la enseñanza superior, sin perjuicio de experimentar paralelamente el proyecto SIES por un período aún no bien determinado, supone un vuelco importante en el calendario fijado anteriormente en esta materia.
La decisión de las universidades de Chile y de Santiago de continuar utilizando la Prueba de Aptitud Académica (PAA) como instrumento de selección para el ingreso a la enseñanza superior, sin perjuicio de experimentar paralelamente el proyecto SIES por un período aún no bien determinado, supone un vuelco importante en el calendario fijado anteriormente en esta materia.
Aunque es probable, como lo anticipa el rector Riveros, que más universidades sigan un camino parecido, hay otras que al parecer insisten en aplicar sólo el SIES ya el año próximo, con lo que la confusión para estudiantes, familias y establecimientos de educación media es cada vez mayor. Además estima que el aspecto comunicacional ha sido mal manejado y reconoce como error suyo el no haber dado un corte más rápido al problema.
Pero yendo a la causa principal de estas vacilaciones, el mismo rector señala que fue el Ministerio de Educación el que en un comienzo asumió respecto a este instrumento de selección un liderazgo que en verdad no le correspondía por ser de competencia básicamente universitaria, el que más tarde endosó al Consejo de Rectores. Se trataba en verdad de un proyecto que, como ahora se intenta, debía ser evaluado antes de ponerlo en marcha, y que la ministra Aylwin llevó adelante a pesar de las críticas y dudas que se multiplicaron apenas la opinión pública tuvo mayores antecedentes sobre él.
El amplio espacio que este diario dio a la polémica respectiva muestra lo precipitado que habría sido reemplazar la PAA por el SIES sin aclarar primero sus consecuencias y corregir los errores denunciados, que aún hoy siguen provocando opiniones contrapuestas y nuevos puntos de vista. Sin duda, el tema sustancial que revela este episodio poco afortunado es el del indispensable consenso social que requieren las políticas educacionales. Ellas, como lo demuestra una larga experiencia nacional, no deben ser un campo de batalla sino una ocasión para aunar los criterios fundamentales, respetando la pluralidad de las opciones pedagógicas y la posibilidad de realizar proyectos educativos que vayan más allá de los contenidos mínimos obligatorios, sin que la extensión de éstos impida cumplirlos.
Los cambios en educación son siempre de largo plazo y lo que haga un gobierno en este campo no será nunca mérito exclusivo suyo sino parte de una tarea mayor y, por lo mismo, han de evitarse las decisiones apresuradas que pueden afectar a varias generaciones. En ese sentido, resulta adecuada la actitud de aquellas universidades que han resuelto darse el tiempo suficiente para revisar y experimentar el proyecto SIES, lo que debería considerar todas las objeciones de fondo que se han planteado. A la vez, por cierto, urge tranquilizar a los candidatos a ingresar a la enseñanza superior dando a conocer qué tipo de pruebas se aplicarán en los próximos años, sean ellas comunes a todas las universidades o específicas para algunas.
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