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Domingo 20 de marzo
LAS NUEVAS SAT. Las pruebas de admisión están siendo modificadas:
Lo que han hecho realmente por Norteamérica las tan criticadas pruebas de admisión a la universidad, SAT.
El 12 de marzo, en un proverbial ritual académico, 330.000 jóvenes de entre 16 y 17 años rindieron sus SAT (Scholastic Aptitude Tests: Pruebas de Aptitud Académica), al igual que lo hicieron sus padres antes que ellos. A lo largo del año, 2, 2 millones de alumnos pasarán por la misma ordalía. Pero este año la SAT será algo muy distinto.
Pondrá menos énfasis en el razonamiento abstracto y más en lo que los alumnos hayan aprendido en sala de clases. Atrás quedarán las antiguas analogías (rinoceronte es a charco lo que estrella de cine es a balneario), e ingresarán pruebas de comprensión lectora y álgebra. Las nuevas SAT comprenderán incluso una redacción obligatoria. Un examen que en un principio sólo pretendía evaluar habilidades se está transformando en una prueba de logros académicos.
Las viejas SAT siempre fueron violentamente criticadas. ¿Cómo se puede comprobar verdaderamente la habilidad si uno puede mejorar su puntaje por medio de una preparación particular, observaban los críticos? ¿Y cómo pueden pretender ser justas, si a los pobres y a las minorías étnicas les va peor que a los ricos y blancos? Pero el toque de difuntos del viejo sistema sonó en el año 2001, cuando Richard Atkinson, en aquel entonces presidente de la Universidad de California (Estados Unidos), les dio con todo a las pruebas, sobre todo porque alientan a los alumnos a concentrarse en seguir cursos especiales para las pruebas en lugar de adquirir reales conocimientos.
Ya que la Universidad de California es el cliente más importante de las SAT, y el señor Atkinson amenazaba dejar de lado los tests si no cambiaban, cambiaron. ¿Pero hizo bien en ceder la junta escolar, que es la que administra las SAT? Probablemente, no. Las viejas SAT son las responsables de producir una de las mayores revoluciones sociales silenciosas de la historia de Norteamérica: el surgimiento de la meritocracia.
Permitieron abrir las puertas de las universidades a gente que no tenía más recomendación que la de su cerebro. Y, de paso, ayudaron a convertir a aquellas universidades en las instituciones educacionales más importantes del mundo. No se puede manipular un mecanismo con semejante historial sin correr riesgo.
Tal vez lo más notable de las viejas SAT es que funcionaban exactamente del modo en que se suponía que debían hacerlo. Fueron creación de dos destacados visionarios de la educación, James Bryant Conant, presidente de la Universidad de Harvard desde 1933-53, y Henry Chauncey, fundador del Servicio de Pruebas Educativas, que diseña los tests para la junta escolar.
Conant estaba desesperado con Harvard de los años 30, pues veía una universidad dominada por aristócratas blancos que se pasaban el día paseando por los clubes universitarios y asistiendo a bailes de debutantes.
Y observaba también cómo esos jóvenes ociosos accedían sin ningún esfuerzo a los cargos más importantes del sistema bancario y legal. Le pidió entonces a Chauncey que diseñara pruebas en las que se pudiera discernir la verdadera habilidad de la gente, en lugar de su educación adquirida. Y trabajó arduamente para atraer a alumnos de un origen social mucho más variado y amplio.
El resultado fue una revolución académica y social. Otras universidades siguieron el camino iniciado por Harvard. Y el arribo de la enseñanza superior masiva tras la II Guerra Mundial convirtió al Servicio de Pruebas Educativas en el árbitro de un inmenso sistema de oportunidades educacionales. A las universidades accedieron, como nunca antes, jóvenes de menores recursos y, por ende, tuvieron acceso al tipo de trabajo al que antes sólo podía aspirar la élite. Los jóvenes ricos tuvieron que arreglárselas con su propio cerebro o entrar a universidades de menor prestigio. George Bush ingresó a Yale en 1964, gracias a los contactos de su familia, pero siete años después, cuando Yale ya se había adherido a la revolución SAT, su hermano Jeb tuvo que ir a la Universidad de Texas.
Esto no quiere decir que las viejas SAT fueran perfectas. Pero muchas de las antiguas críticas eran exageradas o injustificadas. Los críticos alegan que eran monstruosidades producidas masivamente. ¿Pero cómo se pueden digerir de otro modo más de 2 millones de postulaciones al año sin convertirse en algo masivo? (Uno tiembla al pensar cómo evaluará la junta escolar las nuevas redacciones). Los críticos aducen que se desarrolló una industria gigantesca para planificar las pruebas.
¿Pero cómo se puede impedir que la gente intente mejorar su rendimiento cuando tanto depende de entrar a una buena universidad? Los críticos alegan que a los estudiantes más ricos les va mejor, en promedio, que a los más pobres. ¿Pero alguna vez se han diseñado pruebas por medio de las cuales se encuentren con mayor facilidad niños inteligentes de origen menos aventajado?
El escándalo
Uno de los mayores peligros de las nuevas SAT es que terminen siendo más socialmente discriminatorias que las antiguas. Niños de clase media procedentes de colegios de alta calidad seguramente tendrán mayores ventajas cuando se trate de rendir pruebas en las que se ponga énfasis en álgebra o redacción. Es difícil comprender la decisión de eliminar la parte de analogías de la prueba. Hay evidencias claras que demuestran que a los estudiantes de las minorías les iba mejor en dichas analogías que, digamos, en comprensión lectora, a la que ahora se le da mayor peso.
El verdadero escándalo de la selección académica en Norteamérica no es el supuesto fracaso de las pruebas estandarizadas para evaluar la aptitud, sino la mayor disposición de las universidades a tomar en cuenta factores que no son los del puntaje de las pruebas cuando se trata de admitir a postulantes. Las universidades no los toman en cuenta cuando se trata de admitir a atletas de renombre. O les dan una "leve ventaja" a los hijos de miembros de la universidad o profesores. O bien, admiten a estudiantes de minorías étnicas con puntajes más bajos de SAT y un número desproporcionado de éstos va quedando en el camino porque no logran alcanzar el nivel. Si las universidades admitieran a alumnos únicamente sobre la base de sus notas y puntajes en las pruebas, como debieran hacerlo, aumentaría, en lugar de disminuir, la proporción de estudiantes pobres exitosos.
Conant y Chauncey tienen un sitial de honor en la historia como arquitectos de una revolución social que hizo de Norteamérica un país más justo, más rico y mejor educado. Atkinson también se verá honrado por pulir su exitoso sistema. Pero es más probable que entre en la historia como el que ayudó a deshacer el principio de la meritocracia y a agrandar aún más las divisiones de clases en Norteamérica.
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